Bush planta cara a Chávez en una estratégica gira latinoamericana (Antonio Caño)

(Internacional)

Viaje de Bush a Latinoamérica.

El presidente de Estados Unidos viaja a cinco países clave para intentar reducir la creciente influencia de Venezuela en la región.

Brasil, Uruguay, Colombia, Guatemala y México. Éstos son los cinco países que visitará el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, en una gira clave por Latinoamérica que empieza el jueves. Venezuela no ha sido incluida en el itinerario. El objetivo de Washington es intentar contrarrestar la creciente influencia de Hugo Chávez en la región. En los último tiempos, Estados Unidos ha visto surgir Gobiernos de izquierdas en América Latina -como el de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil y Tabaré Vázquez en Uruguay- y ha aprendido a convivir con esa realidad. Esta gira parece ser la prueba definitiva. Pero hay una clara excepción: las acciones y declaraciones radicales del presidente venezolano. Cuando todas las baterías de la diplomacia (y las otras) de Estados Unidos apuntan hacia Oriente Próximo y las graves tensiones en Irak y Afganistán, el presidente George W. Bush distrae esta semana por unos días su atención para hacer frente a otro viejo, ruidoso, pero mucho menos letal enemigo, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Aunque Caracas no es una de las etapas del viaje que Bush inicia el jueves próximo a América Latina, toda la gira está concebida como una oportunidad de equilibrar la creciente influencia del ex militar populista en la región.

No es América Latina, desde luego, una de las zonas del mundo en la que, últimamente, se centre la atención de la política norteamericana. Éste es el primer viaje de Bush en su segundo mandato y el segundo de su presidencia. Al margen del formalismo de las cumbres periódicas, la Administración estadounidense parece seguir los acontecimientos en su propio continente con distancia y desinterés.

"El problema con la política de Estados Unidos hacia América Latina, y no sólo de esta Administración", opina Arturo Valenzuela, profesor de la Universidad de Georgetown, "es que no está guiada por consideraciones estratégicas. Los políticos no son conscientes del grado en que los intereses norteamericanos están en juego en el continente".

La cara positiva de ese desinterés es que ha dejado ya remotos los días del intervencionismo feroz en lo que se consideraba el patio trasero de Estados Unidos o la reproducción a escala centroamericana de las tensiones de la guerra fría. Desde el punto de vista de Washington, América Latina es hoy, básicamente, una región estable, razonablemente segura y amable para los intereses norteamericanos, con excepción de las acciones y las declaraciones de Chávez, a las que hasta hoy aquí se ha contestado sólo con silencio y desprecio.

A diferencia de otros tiempos y otros escenarios, Estados Unidos ha visto surgir en los últimos años Gobiernos de izquierdas en América Latina con los que ha aprendido a compartir diplomáticamente, y ha soportado resignadamente actitudes nacionalistas -como el voto contrario en la ONU sobre Irak- de Gobiernos latinoamericanos. Sólo dos asuntos parecen todavía poner en alerta a Estados Unidos cuando se habla de América Latina: drogas y emigración.

"Los que ganan son los que ofrecen un programa social o una agenda que se adapta a las necesidades de los votantes", reconoce el secretario de Estado adjunto para Asuntos Latinoamericanos, Tom Shannon. "Nosotros creemos", añade, no obstante, "que el electorado en la región está girando al centro lentamente. Algunos son de centro-izquierda, otros son directamente centristas y otros son de centro-derecha".

En uno u otro caso, esta Administración ha sido capaz de convivir con la realidad. Este viaje es la prueba perfecta. De entrada, incluye visitas a dos de los más característicos dirigentes de izquierdas de la región: Luiz Inácio Lula da Silva, en Brasil, y Tabaré Vázquez, en Uruguay. Es, en cierta medida, la bendición de Bush al modelo de izquierda que Estados Unidos tolera y respeta, frente al neosocialismo que predica Chávez.

A continuación, dos escalas en lugares donde los intereses norteamericanos se ven más desafiados a corto plazo: Colombia, donde Estados Unidos ayuda en una guerra difícil contra el narcotráfico y la narcoguerrilla, y México, donde Washington necesita estabilidad para afrontar juntos el asunto de la emigración, éste sí vital para la política doméstica norteamericana. En medio, queda una escala en Guatemala, buen aliado norteamericano (socio en la aventura de Irak) y escenario todavía de preocupación para las organizaciones de derechos humanos.

Dando por descontado que Bush va a encontrar protestas intensas en las calles de cualquier ciudad que pise -de hecho, cambia la visita al Distrito Federal de México por la mucho más tranquila Mérida-, el viaje debe ser la confirmación de un clima de relaciones, más o menos difíciles (más bien difíciles por la impopularidad de George W. Bush: solamente un 30% de aceptación, según el latinobarómetro), pero normales.

Esa normalidad se ha visto perturbada, no obstante, en los últimos tiempos por Hugo Chávez. El presidente venezolano no pierde oportunidad de criticar en los términos más groseros a Bush y a la mayoría de sus colaboradores, y, aunque nunca ha encontrado respuesta de parte de Washington, ha creado en Venezuela la alarma y el clima de resistencia como si el riesgo de una invasión militar estadounidense fuese cierto.

Eso le ha servido, en parte, como justificación para emprender en los últimos años un rearme militar que ha llevado la preocupación a Brasil y Colombia. "La adquisición de equipo militar moderno procedente de Rusia, incluidos 24 avanzados cazabombarderos SU-30, y el desarrollo de nuevas capacidades para la producción de su propio armamento está inquietando cada día más a sus vecinos y puede provocar una carrera de armas en la región", afirmaba estaba semana ante el Comité de Asuntos Militares del Senado el nuevo director nacional de Inteligencia, Michael McConnell.

(fuente: clic aquí)