Bush planta cara a Chávez en una estratégica gira latinoamericana (Antonio Caño)
McConnell aseguró que Chávez está creando un Ejército politizado y una red de milicias fieles que rompen con la tendencia institucionalista y democratizadora del continente y que representan un peligro de inestabilidad futuro. "Si no tratamos este asunto, vamos a tener problemas peores de los que vivimos en El Salvador y Nicaragua en los años ochenta", ha advertido el congresista republicano Dan Burton.
McConnell no es tan alarmista. En su opinión, la influencia de Hugo Chávez en América Latina va a ir decreciendo en la medida en que se debilite la salud de su actual mentor, Fidel Castro, a quien McConnell pronosticó que "este año marcará probablemente el fin de su dominio en Cuba".
Según el jefe de la Inteligencia norteamericana, el peso de Chávez en América Latina podría verse reducido también por una caída en los ingresos procedentes de las exportaciones de petróleo. "El ritmo actual se está comenzando a degradar", informó McConnell al Senado, "está empezando a descender la capacidad de extraer petróleo en Venezuela. A largo plazo [Chávez] va a tener dificultades para mantener su política".
Tampoco el propósito manifiesto de Chávez de fortalecerse militarmente representa, a juicio de McConnell, una seria amenaza para Estados Unidos. Según el alto funcionario norteamericano, Venezuela va a tener dificultades para el mantenimiento del material que está comprando y para hacerlo operativo a medio plazo.
Eso no significa que Estados Unidos no siga de cerca la actividad de Chávez y, eventualmente, contribuya a su caída. Pero, de momento, la estrategia parece ser otra más prudente y moderada: fortalecer los Gobiernos democráticos de la región y evitar la expansión del chavismo. Esto último es, de hecho, lo que más preocupa del régimen de Venezuela.
En su informe ante el Senado, McConnell advertía: "La buena actuación de candidatos presidenciales con ideología de izquierda populista en otros países habla de la creciente impaciencia entre el electorado por la incapacidad de sus Gobiernos para mejorar los niveles de vida de la población. La insatisfacción popular con la democracia es especialmente inquietante en los Andes, particularmente en Ecuador y Perú".
Precisamente por eso es importante el respaldo que este viaje constituye para Gobiernos de izquierdas no populistas que Washington quiere que tengan buenos resultados, como Brasil o Uruguay. En el mismo paquete se podría incluir también a Chile. Pero no a Argentina, cuyo presidente peronista, Néstor Kichner, actúa demasiado cerca de Chávez y sabrá ahora entender el mensaje de que Bush pare precisamente en Montevideo y no en Buenos Aires. Los dos países ribereños del río de la Plata mantienen un grave litigio por el asunto de la planta celulosa presuntamente contaminante.
En el caso de Brasil, además del apoyo a Lula (que devolverá visita a Washington a finales de este mes), Bush va a explorar el uso del etanol como sustitutivo del petróleo, una producción en la que el gran país latinoamericano es líder mundial.
En Colombia, por otra parte, George W. Bush espera encontrar de parte del presidente Álvaro Uribe buenos argumentos para convencer después al Congreso norteamericano de que el escándalo de las conexiones de miembros de su Gobierno con los paramilitares no debe poner en riesgo la continuación del Plan Colombia y del apoyo económico y militar de Estados Unidos a ese país.
La política de ayuda militar a Colombia para combatir a la narcoguerrilla (unos 700 millones de dólares anuales) fue iniciada por Bill Clinton, pero es hoy uno de los instrumentos esenciales de la política de Bush en América Latina. El Partido Demócrata, que actualmente controla ambas Cámaras del Congreso, tiene reservas crecientes sobre la continuación de esa ayuda y quiere recibir garantías de que el Gobierno de Uribe respeta los derechos humanos. Colombia busca, además, un tratado de libre comercio con Estados Unidos para el que el Congreso tiene la última palabra.
Y la etapa final del viaje es la de México, donde Bush se encontrará con un presidente, Felipe Calderón, que intenta ganar legitimidad después de la durísima pugna electoral y poselectoral, y que debe ser para Estados Unidos un aliado esencial en su política migratoria.
Washington se libró de la pesadilla de tener a López Obrador como presidente vecino, pero necesita ahora que Calderón sea un líder fuerte y capaz de desarrollar y estabilizar México. Ésas son las mejores armas para contener la masiva emigración ilegal a través de la larga frontera común. Otras medidas más drásticas, como el muro aprobado por el Congreso norteamericano y al que Bush se opone, provocan un fuerte rechazo en México y resultan costosas y de dudosa viabilidad en Estados Unidos.
Pero sean cuales sean, George W. Bush y el Partido Republicano necesitan ofrecer soluciones para la emigración ilegal. En algunos Estados decisivos para las elecciones, como California o Tejas, ése es un asunto que ocupa el primer lugar entre las preocupaciones de los ciudadanos. Se trata, en sí mismo, de un tema capaz de hacerle ganar o perder a un candidato unas elecciones. Y hay que recordar que estamos en campaña electoral.
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Me dan miedo los dos, uno por su poderío y el otro por el ansia de poder que tiene.