José María Pou: Lobo teatral solitario (Jesús Ruiz Mantilla)
Hay una constante descripción de la desolación en el teatro que vemos últimamente. La desolación moral, en piezas como ‘Plataforma’, y la desolación sentimental, en otras como la suya o en ‘Closer’. ¿Qué nos pasa?
Estamos solos y desarmados.
Y contra esa desolación siempre se emplea un mismo arma: el sarcasmo. ¿Por qué?
Es algo propio de seres inteligentes y lúcidos.
Pero nunca se había desarrollado como hasta ahora. La ironía sí, pero tanto sarcasmo, ¿no le inquieta?
El sarcasmo es la capacidad de encontrar tu propio camino de supervivencia. De tratar de que las cosas te duelan menos y convertir el sufrimiento en algo más llevadero. Cada uno ha elaborado su propia capacidad de sarcasmo. La ironía es sentido del humor afilado e inteligente; el sarcasmo es mucho más. La ironía es algo intelectual, el sarcasmo es visceral. Es una manera de que no se nos salgan las tripas como a un soldado en guerra.
Más en un ambiente ‘progre’ como en el que viven los protagonistas de ‘La cabra’, que son muy avanzados, pero no hacen más que reprimir sus emociones. Qué paradoja, ¿no?
Ése es un peaje a pagar por el hecho de llenársenos la boca por decir que lo entendemos todo y lo aceptamos todo. Eso nos obliga a reprimir nuestros instintos.
Bueno, las represiones siempre son de los instintos.
Hay que ser conscientes de eso. Albee lo quiere recordar en la obra. En los momentos de más dramatismo, el hijo les recuerda que son de izquierdas.
Así que el progresismo en ese sentido puede ser hasta una impostura.
Puede ser algo políticamente correcto, no sé. ¡Cuánta gente ha ido a manifestaciones delante de los grises no por convencimiento ideológico! De todas maneras, no creo que ahora suceda. No hay necesidad de esconderse bajo capas de falsa ideología.
En la derecha más cavernaria tampoco. Ya lo dijo Aznar: “Sin complejos”.
Por descontado. También en esta obra hay un representante de la mayoría moral americana, que es el amigo. Son gente que me aterra. Lo que nos vienen a decir es que si nadie se entera de las cosas de cada uno, se pueden seguir haciendo. No pasa nada, que no te pillen, no seas gilipollas. Eso está pasando a muchos niveles en este país con la corrupción, por ejemplo, las operaciones malayas, las marbellas.
Bueno, eso ni se ocultaba.
Cierto, ya.
¿Y usted, como Martin, su personaje, no ha sentido alguna vez la necesidad de tirarlo todo por la borda, incluso el éxito?
¿Echar las patas por delante? No. Soy consciente de contar con el respeto del público y de compañeros, pero nunca he tenido la sensación de estar instalado en el éxito. Yo no he buscado nunca reconocimiento público. No he buscado nunca salir en la prensa del corazón.
Ya, pero eso no es el éxito. ¿O sí?
No, desde luego. Como ha dicho alguna vez Robert de Niro, el éxito de un actor consiste en no haber tenido que hacer ni un solo papel que no le gustara y disponer siempre de dos guiones para elegir. Yo no he pasado por eso. No quiero pecar de vanidad, pero yo eso lo he podido hacer desde siempre. Desde el principio he podido marcar mi territorio. Los primeros años recibía todo tipo de ofertas, era un actor de metro noventa y cinco de estatura, delgadísimo, como una caña, con una pinta un tanto estrafalaria, e intentaron utilizarme como galán cómico del cine español y del teatro, con papeles que hacían el ridículo en vodeviles, un señor que quedaba muy bien en calzoncillos. Podía haber ganado mucho dinero y supe resistirme a eso. Acepté trabajos peor remunerados, pero mejor reconocidos, con los que marqué mi territorio hasta que, en tres años, todos entendieron que me interesaban otras cosas.
Difícil, ¿no?
Es difícil, claro, es saber sustraerse a los cantos de sirena.
¿Para qué sirve el teatro?
No tengo ninguna vocación mesiánica, no creo que salgamos del teatro siendo mejores personas, pero sí que debe darnos armas para poder seguir viviendo. Es como un almacén donde las personas se recargan para sobrevivir una temporada más. Yo he soñado con que nosotros los actores arrojamos al público cantidad de signos de interrogación y que el público se los mete en los bolsillos y en los bolsos de las señoras.
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