La manifestación del 10 de marzo (Blas Piñar)

(Opinión)

Los que han pretendido minimizar el éxito de la manifestación del pasado 10 de marzo han pretendido lo imposible. La concurrencia fue multitudinaria, y quienes llenaron plazas y calles de Madrid no eran sólo de Madrid, sino que procedían, y de algún modo representaban, a una gran parte del pueblo español. Despreciar o silenciar la manifestación, así como considerar objetivamente el por qué y el para qué de la misma, constituye, a mi modo de ver, un error político por parte de quienes, en el poder, así se comportan; como igualmente lo sería por el partido convocante ignorar el significado político de la extraordinaria manifestación, puesto de relieve en el transcurso pacífico, pero fervoroso de la misma, y en lo que se dijo a su término en la Plaza de Colón.

Me creo obligado por varias razones, que estimo innecesario mencionar, decir algo sobre el por qué y el para qué del clamor unánime de quienes, haciendo uso de un derecho constitucional, se reunieron en la vía pública para dar a conocer su punto de vista en un momento de crisis nacional profunda.

Quiero, antes de ofrecer mi opinión, recordar que hace años, aunque después de la Transición, Jaime Campmany, ya fallecido, que de la Falange y la dirección de Arriba pasó al liberalismo y a la dirección de Época, arremetía contra Fuerza Nueva por convocar y llevar a cabo manifestaciones, de las que se daba noticia en los medios de comunicación, por estimar que era en el Parlamento y no en la calle donde la democracia auténtica tiene vitalidad. Este argumento -es curioso- se utiliza ahora por quienes detentan el poder, se inquietan y ponen nerviosos, al contemplar las multitudes congregadas para criticarlos.

Lo que no se advierte, y si se advierte se oculta, es que cuando con tanta frecuencia hay que acudir a la calle en una Democracia, es porque en el Parlamento, en el que reside -según se proclama- la soberanía nacional, hay "cordones sanitarios" que obstaculizan la libertad de expresión.

El recurso a las manifestaciones por parte de los partidos del Sistema convocantes de las mismas, directamente o a través de intermediarios, o uniéndose a ellas, lo han puesto en práctica los dos partidos principales, y por ello también el hoy criticante de las mismas, es decir, el PSOE. Basta traer a la memoria las que tuvieron lugar cuando la tragedia del Prestige, sin olvidar las concentraciones ante las sedes del PP en la jornada de reflexión que precedía a las últimas elecciones generales.

La manifestación que ahora nos ocupa, la del 10 de marzo, tiene, para mí, unas dimensiones que escapan a las previstas por el partido convocante, y que no corresponden tan solo al para qué de la convocatoria, es decir, la protesta por la excarcelación de un sanguinario terrorista, que, amenazando con una huelga de hambre, consigue doblegar al equipo que gobierna, sino que, asumiendo ese para qué, aprovecha la oportunidad que se le ofrece, dando a conocer su preocupación, indignación y rechazo a la política de un Sistema, que, desde su puesta en marcha hasta el día de hoy, hace lo posible e imposible -y lo hemos dicho muchas veces- para que España pierda su identidad histórica, para que en el pueblo se debilite la conciencia nacional y para que el español acabe por no reconocerse a sí mismo.

En esta vertiente, el objetivo concreto de la manifestación fue desbordado, porque a la misma, como el PP reconoció después de celebrada, acudieron infinidad de españoles, no porque fueran militantes, votantes o simpatizantes del PP, sino movidos por su amor a España. Y esto es algo positivo y que es necesario destacar, y por dos razones: la primera porque, aún cuando la táctica del Sistema haya sido la de enfriar el patriotismo, "aburguesar" a nuestra gente y adormecer a la juventud con la pornografía y el "botellón", no lo ha conseguido del todo; y la segunda, porque con agradable sorpresa hemos visto en la calle cómo perdura, a pesar de todo, un amor a la Patria, posiblemente más instintivo que intelectual, pero que es una esperanza, y una base para construir sobre lo emotivo, como diría José Antonio, lo racional, sobre el instinto, que avisa, la virtud que permanece e incita a la perseverancia y al combate sacrificado y organizado por la causa.

Las banderas de España, que no aparecían o habían ido desapareciendo en los actos del PP, se multiplicaron por millares, ondeando al soplo de la brisa. El rojo y el amarillo, la sangre y oro de la enseña nacional superaban con creces a otros emblemas respetables, o no respetables, como las ikurriñas, incompatibles con la manifestación, toda vez que quienes protestan y rechazan el terrorismo no pueden enarbolar, ni llevar apaisada, ni emparejar en sombrillas, la bandera española con la bandera que con enorme profusión cubre la presencia en público de los terroristas. Lo lamentable es que el servicio de seguridad del PP retiraba la banderas llamadas indebidamente inconstitucionales, dejando que desfilaran -aunque fueran pocas- las que se exhiben todos los días impunemente por los que simpatizan con los asesinos, y queman, sin que pase nada, la enseña nacional.

Atención merece también el contenido de las numerosas pancartas, en las que no sólo se aludía a De Juana Chaos, sino al jefe del Gobierno, a su política negociadora con Batasuna, a las víctimas del terrorismo y a la unidad de España. Este desbordamiento del objetivo principal del acto, previsto o no previsto por los convocantes, dio motivo a dos cosas que debemos subrayar, a saber: al Himno nacional, que lo cerró y al ¡Viva España! con que terminó su discurso el señor Rajoy. No había sucedido nunca, que yo sepa. Un encendido amor a España, sin titubeos, sin vacilaciones, caldeó el ambiente, y hasta se oyeron, cantadas, algunas de las estrofas de la letra que para ese himno compuso José María Pemán. ¡Cuántos recuerdos me trajo esta escena, que parecía archivada por los que quieren, desmemoriando, escribir la memoria histórica!.

Esta gratísima realidad -aunque solo fuera momentánea- me movió a preguntarme si para el partido convocante no era útil, desde el punto de vista electoral, y ante los millares de banderas españolas presentes en la manifestación, pronunciarse de forma que pudiera conservar o atraer el voto de la multitud que así mostraba su españolismo, y que en su mayor parte integraba el engañado franquismo sociológico, que apoyó la Reforma política y que nos condujo a un Sistema antifranquista que está deshaciendo a España.
España, dijo Rajoy, y repetía después Mayor Oreja, es una gran nación. Si es así, no se comprende que el Parido Popular defienda apasionada y reiteradamente un patriotismo constitucional, cuando España, a partir de la Constitución, se ha debilitado, ya que, aparte de admitir "nacionalidades" en su seno -lo que implica un tratamiento territorial injusto- ha entregado parcelas importantes de poder a gobiernos autónomos, de los que forman parte quienes a diario piden la ruptura de la nación española, y utilizan, para lograrlo, el poder que con enorme frivolidad se les cedió.

Por supuesto, que yo no he votado nunca ni al Partido Popular, ni a sus antecesores ideológicos, coautores de la Constitución de 6 de diciembre de 1978, ni compartí la consigna a su favor, más o menos velada, de casi todos los obispos, que no encontraron en el texto de la misma nada que, por motivos morales o religiosos, impidiera votarla. ¡Qué equivocación y qué responsabilidad! Al amparo de ese texto, el Sistema y los partidos que lo sostienen nos han traído la cultura de la muerte. No voy a enumerar los ataques de todo género a la vida y a la familia, pues todos los conocen. Me limito a la eutanasia occisiva, que se ha practicado en Granada. Y no quiero, tampoco, y desde otro punto de vista, mostrar las fotos pornosacrílegas expuestas en dos comunidades autónomas gobernadas por el PP, y que se reproducen en un libro editado, con dinero oficial, en Extremadura, donde gobierna el PSOE.

Me preocupa, pues, que el PP, con los medios poderosos de comunicación que tiene a su alcance, y con la política de reducir al silencio a quienes pensamos de otro modo, nos haga imposible probar que gracias a la coparticipación de este partido, y a la de sus predecesores ideológicos, nos encontremos con esta angustiosa situación, en la que, por ejemplo, Navarra, si leemos la Disposición Transitoria 4ª de la Constitución, puede incorporarse al País Vasco.

No quiero dar por finalizado este artículo, para responder a quienes, por ingenuidad y, sin duda, con buena intención, nos acusan de dividir de cara a las elecciones. No es cierto; en primer lugar, porque sólo se divide lo que está unido (y, por cierto, no es éste el caso); en segundo lugar, porque para que dos se unan, como ocurre con el matrimonio, es preciso que ambos pronuncien un "Sí", y desde que Fraga escribió en ABC (16 de enero de 1979) un artículo que tituló La Derecha posible, fuimos radicalmente excluidos de antemano; en tercer lugar, porque jamás los dirigentes del PP o de sus antecesores ideológicos han tenido contacto con quien esto escribe. Ni siquiera, por curiosidad, han querido saber, en directo y personalmente, cómo pensamos y cuál era y es nuestra táctica, de tal forma que, por referirme ahora en exclusiva al PP, yo no conozco a ninguno de los que han gobernado o están al frente del mismo; y en cuarto lugar, se trata de dos anécdotas sintomáticas, elegidas entre muchas: cuando a la esposa de un ex ministro del PP se le entregaba una hoja de propaganda de Alternativa Española, al leerla, respondió así: "Me repugna ese partido"; y cuando un nieto mío, a la presidenta de una Comunidad autónoma, en la que hay un gobierno monocolor del PP, le hablaba de Alternativa Española, dicha presidenta, con cara de malas pulgas, le dijo con tono despectivo que ése era un partido fascista, que yo había fundado; lo que no es cierto, aunque es verdad que cuenta con mi simpatía y con mi apoyo, y en el que figuro como militante.

P. D. Me defraudaron varias cosas con respecto a la manifestación de Pamplona del 17 de marzo. Destaco solo las siguientes:

Que dos días antes, el 15, el Ayuntamiento de la ciudad, con la abstención de la Unión del Pueblo Navarro retiró a Franco el título de hijo adoptivo y predilecto de Pamplona.

Que la policía foral retirase de la manifestación seis banderas de Navarra, con la laureada, de las que eran portadores militantes y simpatizantes de Alternativa Española.

Que al término de la manifestación no se oyera el Himno Nacional ni, desde la tribuna, se gritase un ¡Viva España!

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